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Análisis público · 8 de septiembre de 2026

PISA 2025 · México

Tres presidentes.
La misma deuda.

México cambió de reforma, de lenguaje educativo y de proyecto político. PISA 2025 muestra que el relevo no logró resolver el problema que más importa: convertir la expansión escolar en aprendizaje.

Más escuela. Menos aprendizaje.

La frase incomoda porque rompe el guion de la política educativa mexicana. Durante diez años el país cambió de presidente, de reforma y de relato. Pasó de la evaluación docente y la promesa de “calidad” del gobierno de Enrique Peña Nieto a la Nueva Escuela Mexicana de Andrés Manuel López Obrador, con su énfasis en comunidad, inclusión y humanismo. Claudia Sheinbaum apenas comienza su administración. Pero PISA 2025 ya le entregó una boleta que no nació en su primer año.

La cifra más dura está en matemáticas: 388 puntos. Sólo 30% de las y los estudiantes mexicanos de 15 años alcanzó el Nivel 2, el umbral mínimo para reconocer y representar matemáticamente una situación sencilla. En la OCDE lo logra 65%. En lectura, México obtuvo 408 puntos; en ciencias, 414. En las tres áreas quedó por debajo del promedio de los países desarrollados.

30%Alcanza al menos Nivel 2 en matemáticas
OCDE: 65%
50%Alcanza al menos Nivel 2 en lectura
OCDE: 69%
50%Alcanza al menos Nivel 2 en ciencias
OCDE: 74%

El país no sólo cambió de gobierno. Cambió la manera de nombrar el problema. Lo que no cambió fue la dificultad para resolverlo.

La década que no pasó

Esto no es una caída que pueda explicarse con una conferencia mañanera, una reforma curricular o un cambio de secretario. Entre 2015 y 2025, la proporción de estudiantes mexicanos por debajo del nivel básico aumentó 13 puntos porcentuales en matemáticas y ocho puntos en lectura. Ciencias se mantuvo estable. La herida no apareció de golpe. Se fue abriendo mientras cada administración presentaba su propia llave para cerrar la brecha.

En 2013, Peña Nieto colocó la evaluación, la profesionalización docente y la rectoría del Estado en el centro de su reforma. La educación se volvió un campo de batalla política y sindical. La promesa de aprendizaje terminó disputada en otro terreno: el del control del sistema.

En 2019, López Obrador desmontó esa arquitectura y levantó otra narrativa. La Nueva Escuela Mexicana prometió devolver a la educación su sentido comunitario, su vocación de inclusión y su lenguaje de derechos. No fue una modificación de siglas. Fue una ruptura declarada con el enfoque anterior. Pero la ruptura ideológica no produjo una ruptura en los resultados: respecto de 2022, PISA registra un descenso en matemáticas y desempeños similares en lectura y ciencias.

Sheinbaum hereda esa contradicción. Su primer año no explica una década. Pero sí abre el momento en que la política educativa debe dejar de pelear únicamente por el nombre del modelo. La pregunta ya no es cuál reforma derrotó a la anterior. La pregunta es cuál gobierno puede sostener aprendizajes, docentes, materiales, infraestructura y acompañamiento escolar más allá de su sexenio.

Lo político

La etiqueta ideológica no absuelve ni condena. México transitó de una lógica de reforma asociada al neoliberalismo a un proyecto que sus críticos ubican en la izquierda latinoamericana o el “socialismo del siglo XXI”. Brasil recorrió una secuencia propia, con gobiernos y conflictos distintos. Por eso la comparación no permite una respuesta automática; obliga a mirar los resultados antes que las consignas.

México y Brasil en PISA 2025
ÁreaMéxicoBrasilOCDE
Matemáticas388377469
Lectura408408
Ciencias414409

México supera a Brasil en ciencias y matemáticas y empata en lectura. Pero no hay victoria en esa comparación. Ambos países siguen lejos de los niveles de la OCDE. Brasil no es un espejo perfecto de México, y México no puede usarlo como coartada. La lección es más incómoda: ni el relevo de gobiernos, ni la sustitución de doctrinas, ni la disputa por el relato garantizan aprendizaje si el cambio no llega con continuidad hasta el salón de clases.

La puerta y el aula

Hay un dato que impide el juicio fácil. Entre 2015 y 2025 creció más rápido el número de jóvenes mexicanos de 15 años elegibles para presentar PISA que la población total de esa edad. El sistema incorporó a más adolescentes, incluidos sectores históricamente marginados. Eso es una ganancia de cobertura. La puerta de la escuela se abrió para más jóvenes.

Pero una puerta abierta no es todavía una escuela que enseña. Casi la mitad del alumnado —48%— estudia en planteles donde sus directivos reportan que la falta de materiales educativos obstaculiza la enseñanza. La mitad —50%— asiste a escuelas donde la infraestructura física limita, al menos en cierta medida, la instrucción. En 2022 esos porcentajes eran 44% y 37%. La expansión ocurrió. Las condiciones para sostenerla no avanzaron al mismo ritmo.

¿Qué encuentra un estudiante cuando cruza esa puerta? Muchas veces, un profesor que insiste. El 81% reporta que su docente se interesa por el aprendizaje de cada alumno; 83% dice recibir ayuda adicional cuando la necesita. También hay estudiantes que quieren aprender: 80% se declara curioso y 76% afirma esforzarse más cuando el trabajo se vuelve difícil. La disposición existe. La estructura que debería multiplicarla sigue incompleta.

La siguiente reforma

PISA 2025 no certifica el fracaso de una generación ni autoriza a convertir a adolescentes de 15 años en responsables de una deuda estatal. Revela algo más profundo: las reformas se reemplazaron sin construir una continuidad suficientemente fuerte para llevar lo esencial —materiales, infraestructura, formación docente, apoyo pedagógico y tiempo escolar efectivo— al punto donde el problema se mide.

La política mexicana ha cambiado de vocabulario. Calidad. Derechos. Comunidad. Humanismo. Todos pueden tener un lugar. Pero una niña que no logra resolver una proporción, un adolescente que no identifica la idea central de un texto y una escuela sin materiales no viven dentro de un debate semántico. Viven dentro de las consecuencias.

México ya demostró que puede abrir más puertas de entrada a la escuela. La pregunta que PISA deja sobre la mesa es otra: ¿podrá algún gobierno conseguir que, al cruzarlas, las y los estudiantes encuentren por fin el aprendizaje que cada reforma prometió?