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Narrative · Política y conversación pública

La vacuna

Liborio Vidal tenía desde el sábado una fotografía con Claudia Sheinbaum. La publicó el domingo, cuando las críticas por su llegada a Morena ya estaban sobre la mesa. No hubo fiesta ni destape. Hubo una estrategia para intentar que su pasado no le cerrara el camino hacia 2027.

Mérida, Yucatán · 18 de octubre de 2026

La fotografía se tomó el sábado en Mérida. Liborio Vidal saludó a la presidenta Claudia Sheinbaum, con el gobernador Joaquín Díaz Mena a un lado. Tenía la imagen que cualquier político quisiera mostrar en un momento como aquel: la presidenta de México, el gobernador de Yucatán y él, juntos.

Pero no la publicó ese día.

Esperó al domingo.

Desde días antes corrían ríos de tinta sobre su llegada a Morena. Que si Liborio era un chapulín, que si había pasado por todos los partidos posibles, que si ahora pretendía ponerse por delante de quienes habían construido el movimiento cuando todavía no había cargos que repartir. Unos le reclamaban sus cambios de camiseta; otros, que quisiera llegar a ocupar el lugar de los militantes de siempre.

Y detrás de toda aquella discusión estaba la pregunta que nadie necesitaba escribir: ¿venía por la candidatura a la alcaldía de Mérida en 2027?

Se esperaba una gran fotografía de su llegada, acaso junto a Ariadna Montiel en la Ciudad de México. Una concentración, una bienvenida, alguna señal de que el aspirante había conseguido su lugar.

Nada de eso ocurrió.

En vez de levantar los brazos como vencedor, Liborio eligió explicar por qué deberían abrirle la puerta.

La primera dosis

El domingo por la mañana apareció la fotografía del sábado.

No era una imagen cualquiera. A su lado estaban la presidenta y el gobernador. El mensaje visual era evidente: cercanía con el poder nacional y con el gobierno de Yucatán.

Pero Liborio añadió algo que la fotografía no podía contar.

Dijo que había expresado a Sheinbaum lo mismo que pensaba desde 2006, cuando caminó con Andrés Manuel López Obrador.

Veinte años atrás, López Obrador disputaba por primera vez la Presidencia de México, entonces como candidato del PRD y sus aliados. Perdió aquella elección frente a Felipe Calderón. Liborio recuperaba ahora ese episodio de su biografía para recordar que su relación con el movimiento encabezado por el tabasqueño no comenzaba ese domingo.

Era la primera dosis de la vacuna.

Antes de que alguien le dijera que acababa de llegar, ofrecía un antecedente para responder: yo ya había estado aquí.

No negaba los años transcurridos ni los partidos por los que había pasado. Intentaba colocar su historia dentro de una continuidad que empezaba mucho antes de Morena.

El diagnóstico estaba en los comentarios

La fotografía abrió una conversación que permitió observar las resistencias.

En una revisión de 811 comentarios con texto publicados durante el domingo, 360 fueron clasificados como críticos, 258 como favorables y 193 como neutros u otros. Es una clasificación aproximada por palabras clave, pero suficiente para identificar los principales argumentos de aquella discusión.

Una conversación dividida

811 comentarios con texto · Domingo 18 de octubre · Clasificación aproximada
44%360 críticos
32%258 favorables
24%193 neutros u otros
CríticosFavorablesNeutros u otros
Las cifras describen los comentarios examinados, no una encuesta ni la opinión de todos los usuarios. Los porcentajes están redondeados.

El reproche más repetido fue el chapulineo. Cerca de 166 comentarios recurrieron a esa idea: veleta, camaleón, alguien que cambia de partido según las oportunidades.

«Empieza el chapulineo», escribió uno.

«Su guardarropa abarca infinidad de colores», ironizó otro.

También hubo quienes lo acusaron de buscar cargos y beneficios personales. Unos 83 comentarios se movieron alrededor de esa sospecha.

Pero no todo era rechazo.

Los mensajes favorables repetían un lenguaje reconocible: #AmigoLibo, liderazgo, humildad, cercanía. Entre las diez y las once de la mañana se concentraron 96 comentarios favorables frente a 52 críticos. En las demás horas examinadas predominaron las críticas. Aquella concentración sugiere una movilización de simpatizantes, aunque no demuestra por sí sola que hubiera existido coordinación.

Los apoyos, además, acumularon 755 likes frente a 695 de los comentarios críticos.

Había dos conversaciones distintas alrededor de la misma fotografía. Unos veían a un político que volvía a cambiar de partido. Otros defendían a un dirigente que, según ellos, tenía resultados que mostrar.

Y hubo una tercera voz, menos numerosa, pero importante.

Algunos trabajadores reclamaron que hablar de transformación también significaba escuchar sus problemas. Uno de esos comentarios reunió 33 likes.

La fotografía había mostrado cercanía con el poder. Los comentarios recordaban que esa cercanía no bastaba para conseguir aceptación.

La segunda dosis

Horas después llegó el comunicado.

Y entonces pudo verse con mayor claridad el sentido de la operación.

Liborio no respondió con una celebración ni con una proclamación de fuerza. Tampoco negó lo que todo el mundo sabía: había militado en otros partidos.

«Sí, he servido desde otros espacios y nunca lo he escondido».

Era una admisión calculada en sus efectos comunicativos. Negar su trayectoria habría sido inútil. Lo que hizo fue proponer otra manera de interpretarla.

«Pido que se me juzgue por lo que hice en cada uno».

Y enumeró los resultados que reivindica en Valladolid, la donación de su salario como servidor público y su afirmación de no haberse enriquecido mediante los cargos ocupados.

Esas son sus declaraciones, no una verificación independiente de cada resultado.

Pero la intención del mensaje resulta clara: no quiere que le cuenten las camisetas que ha vestido, sino los resultados que asegura haber dejado con cada una.

Ahí estaba la segunda dosis.

A la acusación de chapulín, le respondió con su trayectoria. A la sospecha de interés personal, con sus resultados y su afirmación de honestidad.

No intentó borrar su pasado. Intentó cambiar el criterio con el que sería juzgado.

La dosis de humildad

Después vino la respuesta a quienes podían sentirse desplazados por su llegada.

«Me sumo con humildad y sin pedir nada, para trabajar donde el pueblo y la militancia decidan que soy útil».

La frase tenía destinatarios precisos.

Los militantes que llevaban años dentro de Morena, los fundadores que habían acompañado al movimiento cuando todavía era oposición y quienes podían interpretar su incorporación como una imposición desde arriba.

Liborio les dijo que aceptaba las reglas y los tiempos del movimiento. Reconoció a quienes lo fundaron en Yucatán «cuando ser de izquierda costaba» y ofreció caminar con ellos.

No llegó diciendo que le correspondía la candidatura. Dijo que no pedía nada.

Y eso es particularmente interesante porque su horizonte político está en Mérida, donde la candidatura de Morena para 2027 es el asunto que da sentido a buena parte de la conversación sobre su incorporación.

La contradicción aparente forma parte de la historia: mientras evita reclamar una posición, comienza a construir las condiciones políticas para recorrer el camino hacia ella.

Todavía falta saber qué lugar encontrará dentro del movimiento. Pero el comunicado ya anuncia su siguiente paso: reunirse con militantes y fundadores durante los próximos días.

Antes de competir por un espacio, necesita conseguir que lo escuchen.

La dosis para los trabajadores

Hubo una respuesta que podría parecer secundaria, pero que revela hasta dónde quiso extender su mensaje.

A los trabajadores que le reclamaron escuchar sus problemas, les concedió la razón.

«Tienen razón en exigirlo».

Y añadió que, si la transformación estaba cambiando la vida de las familias, debía comenzar por escuchar a aquellas que todavía no lo sentían así.

Prometió dedicar las próximas semanas a escuchar más que a hablar.

El reclamo laboral no era el más numeroso en los comentarios examinados. Apenas aparecía en alrededor de catorce. Sin embargo, encontró una respuesta expresa en el comunicado.

Liborio no se limitó a defenderse del chapulineo. También intentó mostrar que llegaba dispuesto a reconocer inconformidades.

Era otra dosis: frente a la imagen del político que llega a mandar, ofrecía la del político que llega a escuchar.

El barco que deja

El comunicado explica con detalle por qué Liborio considera que tiene un lugar en Morena.

Habla de 2006, de López Obrador, de sus resultados, de la humildad, de los fundadores y de su disposición a trabajar donde lo decidan.

Pero hay una ausencia notable.

No menciona al PAN.

No explica qué cambió en su relación con el partido desde el que fue secretario de Educación del gobierno de Mauricio Vila y aspiró a la candidatura a gobernador en 2024.

Tampoco dice qué ocurrió con el proyecto político al que perteneció hasta esta nueva etapa.

En los comentarios apareció alguien dispuesto a recordárselo:

«En 2021 no dije lo que pensaba cuando te nos pegaste al PAN… ahora sí te lo digo».

Es la voz del barco anterior, mientras Liborio explica por qué quiere abordar el siguiente.

Y en medio de ese silencio apareció Renán Barrera, quien escribió en X, a las 14:20:

«Sugiero a los expedientes del @PanYucatan firmar otro desplegado apoyando a su verdadero candidato a la alcaldía. Suerte!».

La ironía no estaba dirigida expresamente a Liborio, sino hacia el interior del panismo.

El episodio añadía una última paradoja: mientras Liborio buscaba suavizar su entrada a Morena, su salida dejaba preguntas en el partido donde había desarrollado una parte importante de su trayectoria reciente.

La vacuna

Al final, el domingo de Liborio Vidal no fue el de una gran fiesta política.

Fue el de una fotografía tomada el día anterior, publicada en el momento elegido; una conversación dividida entre críticas y respaldos; y un comunicado que abordó, una por una, las principales objeciones que acompañaban su incorporación.

A la de arribista, respondió con 2006.

A la de chapulín, con los resultados que reivindica.

A la de buscar un cargo, con el «sin pedir nada».

A la de desplazar a los fundadores, con respeto y humildad.

A los trabajadores inconformes, con la promesa de escucharlos.

No sabemos si el comunicado fue escrito a partir de los comentarios de aquella mañana. Lo que sí podemos observar es que sus respuestas coincidieron con varios de los reclamos que circulaban públicamente.

La vacuna no consistió en negar la enfermedad política que podía enfrentar: el rechazo a sus cambios de partido y la desconfianza hacia sus intenciones.

Consistió en intentar reducir sus efectos antes de comenzar el recorrido.

Porque la fotografía con la presidenta podía mostrar cercanía con el poder, pero no podía garantizarle la aceptación de quienes llevan años dentro de Morena.

Y una candidatura no se obtiene solamente apareciendo al lado de una presidenta.

Liborio eligió no presentarse como ganador. Prefirió comenzar pidiendo que lo juzgaran por sus hechos, no por sus partidos. Si esa interpretación consigue instalarse, podrá dedicar menos tiempo a defender su pasado y más a construir su futuro.

Ese parece ser el propósito de toda la operación.

La vacuna ya está aplicada.

Falta saber si genera inmunidad o si solo deja la marca del pinchazo.